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Pronunciamiento del Doctorado en Ciencias Sociales, Ni馿z y juventud

ESCUCHAR EL DOLOR, REPENSAR EL HORROR, ILUMINAR LA COMPRENSIÓN DE LA VIOLENCIA…

Los profesores, investigadores y estudiantes del Doctorado en Ciencias Sociales, Niñez y Juventud no somos sordos, ciegos ni mudos ante los graves hechos de violencia contra la población civil que todos conocemos desde el pasado 28 de abril. Tampoco desconocemos que son situaciones que se han agudizado en lo que va corrido de mayo, a partir de la operación militar en Cali (no es el único punto del país), donde las garantías al ejercicio de la protesta social se han violado y los órganos de control no se han pronunciado de manera contundente ni han condenado lo ocurrido. Asimismo, cuestionamos a las instituciones que son pilares de la vida social y que supuestamente nos representan, entre ellas, los partidos políticos, las iglesias, las universidades, los medios de comunicación y las autoridades gubernamentales. El gobierno nacional, por su parte, disfraza con eufemismos su torpe actuación y de espaldas al clamor nacional usa el poder de las armas para responder al paro y las manifestaciones callejeras.

 

Queremos hacer visibles el dolor, el miedo, la indignación y los sentimientos de humanidad que son lazos fundamentales con los que construimos la convivencia entre todos. El hambre y la rabia potencian un polvorín de descontento que produce estallidos sociales de incalculables proporciones y consecuencias. Tenemos que preguntarnos, ¿cuáles son las causas de esta locura colectiva? ¿Cómo entender las causas históricas del conflicto social que nos agobia?

Hablar de la política en Colombia nos obliga a reflexionar sobre la violencia y los factores que la producen. Esta parece una especie de fatalidad histórica de la que hay escapatoria. La violencia se ha convertido en un nudo ciego, en una maraña de hilos que desborda cualquier entramado histórico. Así, fenómenos como la corrupción, la guerrilla, el narcotráfico, el paramilitarismo, la disidencia política o la protesta social quedan atados a una misma trama, cuyas raíces explicativas remitirían a una especie de violencia fundacional. La espiral de violencia pareciera convertirse en un signo de distinción que la aísla de América Latina y la cierra sobre sí en un círculo vicioso que la devoraría desde dentro.

 

Sin un claro horizonte histórico-político que ayude a comprender el origen de esa violencia, la figura del “enemigo interior” se convierte en la retórica predilecta para combatirla. Se usan palabras como “vándalos”, “terroristas”, “paracos”, “guerrillos”, “milicos”, entre otros calificativos, como sinónimos de seres satánicos y desechables que encarnan el mal. 

 

Si hablar de Colombia implica referir a un país de indolentes ¿por qué, entonces, terminamos por naturalizar la violencia en casi todos los registros de la vida cotidiana? La supuesta amenaza a la democracia (el enemigo interior) es la excusa perfecta para legitimar las prácticas antidemocráticas que los gobiernos de turno llevan a cabo para preservarla. Y así llegamos a la más perversa de las afirmaciones que organiza nuestro sentido común, a saber: en Colombia suceden estas cosas por ser un país violento. Por eso, para evitar caer una y otra vez en esta especie de pensamiento tautológico, quizá sea momento de convertir este nudo ciego en un nudo histórico. O, dicho de otra manera, entender que la violencia no es la causa explicativa sino el efecto de un problema mucho más profundo: la perpetuación de las desigualdades sociales.

 

Los orígenes históricos y políticos de las injusticias sociales explican porque Colombia es uno de los países más desiguales de América Latina; hace falta una reflexión social y no punitiva sobre el origen de la guerrilla, el narcotráfico y el paramilitarismo. Las discusiones sobre la desigualdad, como motor de la violencia, ayudan a poner sobre la mesa la cuestión de la educación y la salud pública como derechos fundamentales de todos los colombianos. Los incontables muertos y heridos destruyen la trama social y la confianza en las instituciones llamadas “democráticas”, generando caos, tristeza y desesperanza. 

 

Por tanto, la violencia y estigmatización en Colombia no es ni una excepcionalidad ni una fatalidad histórica, sino una respuesta específica a conflictos sociales irresueltos. Si la violencia se convirtió en un estilo de gobierno y blindaje de ciertas élites, es porque ha sido muy útil para perpetuar una economía política que posterga un debate serio sobre la igualdad de oportunidades y el acceso a los derechos básicos de las mayorías. Colombia es un laboratorio de democracia formal, pero incapaz de integrar dentro de sí los diferentes rostros de la violencia estructural: lucha armada, narcotráfico y asesinatos sistemáticos. Esto sin hablar de temas conexos como la corrupción, la necesidad de la verdad reparadora y el respeto a todas las formas de vida y a las manifestaciones pacíficas de protesta frente a reformas que lesionan profundamente la vida humana digna.

 

Por eso, las actuales protestas sociales no son ni la expresión de una violencia ciega ni el capricho juvenil de las clases medias, sino más bien el recurso que tienen los sectores populares y los jóvenes para organizarse y exigir a sus gobernantes un cambio de rumbo en las políticas del país. En lo que se refiere a Colombia, ese cambio de rumbo implica escuchar a su pueblo, aprender a convivir en la pluralidad y, por sobre todas las cosas, radicalizar los acuerdos de paz, es decir, construir un pacto social donde la igualdad y la libertad sustantiva -y no meramente formal- sean las verdaderas banderas de un proyecto de país hoy ausente.

 

Por todo lo anterior, queremos reafirmar que condenamos todas las formas de violencia. Y creemos que es posible dirimir los conflictos con el uso razonable del diálogo y de la deliberación en escenarios públicos, donde sea respetada la palabra de todos los ciudadanos, sin importar su credo, raza o partido político. No pensamos que existan fuerzas oscuras del mal que están decidiendo nuestra suerte desde fuera. Ni aceptamos que se creen polarizaciones entre buenos y malos, nacionales y extranjeros, rojos y azules (o como se quieran llamar). Somos parte de una comunidad que ama la vida y la defiende, buscando que sea buena y bella para todos y todas.

 

COMUNIDAD ACADÉMICA DOCTORADO EN CIENCIAS SOCIALES, NIÑEZ Y JUVENTUD DEL CINDE Y LA UNIVERSIDAD DE MANIZALES

Colombia, Mayo 5 de 2021

 



Pronunciamiento del Doctorado en Ciencias Sociales, Ni馿z y juventud
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Convenio: CINDE - Universidad de Manizales
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MAESTR虯 PRIMERA INFANCIA: EDUCACI覰 Y DESARROLLO

Convenio: Universidad de Santander - Fundación CINDE

Ciudad: Medellín

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DOCTORADO EN CIENCIAS SOCIALES, NI袳Z Y JUVENTUD

Convenio: CINDE - Universidad de Manizales

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Ciudad: Manizales

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